No da dinero

     Hace no mucho, en una fiesta organizada dentro de la casa que comparto con cinco compañeros de distinta nacionalidad, alguien me preguntó a qué me dedicaba. Después de responderle escuetamente «a la poesía», el tipo, una persona inteligente en líneas generales y aficionado a la literatura, quiso saber de qué manera era posible dedicarse a día de hoy a una actividad que no produce beneficios económicos. Acostumbrado a la pregunta, le expliqué que aunque dedico la mayor parte del tiempo a la poesía o, mejor dicho, a la literatura en general, trabajo a jornada completa como profesor y ayudante de oficina en una empresa internacional y, cuando puedo, hago además pequeños trabajitos que me ayudan a ir tirando como en definitiva hace cualquier hijo de vecino.

     Desde luego que no se puede vivir de la poesía, sobre todo si se tiene en cuenta que uno pretende competir en un mercado saturado, dentro del cual imperan otras formas literarias que, más populares y asequibles, terminan atrayendo la atención de un público desde hace muchos años desinteresado en la profundidad. O.K., esto es un hecho, pero no proclamemos la tragedia todavía: si alguien se ha dedicado a la poesía contemporánea esperando hacer dinero es que se trata indiscutiblemente de un idiota y si, lo que es peor, se queja por no ser capaz conseguirlo, mi único consejo (y petición) es que abandone para siempre.

     No, señores, definitivamente la poesía ni da ni dio dinero en épocas pasadas, hecho en el que, a mi juicio, radica una de sus mayores ventajas frente a otras disciplinas literarias. Por un lado, la ausencia de intereses monetarios la ha mantenido relativamente al margen de las imposiciones del mercado editorial y, por otro, esta misma circunstancia ha propiciado que muy pocos buscavidas se interesen en medrar a costa suya, como sí ha sucedido con la narrativa, el cine, la pintura o la música entre otras. Por supuesto que es un fastidio no poder vivir de los escritos, pues no deja de ser frustrante el escaso reconocimiento que merece en sociedad el esfuerzo de componer buenos poemas. Tampoco es agradable encontrarse con el rechazo frontal que las editoriales a la clásica ponen ante los jóvenes poetas, aunque no resulta difícil entender que no merece la pena poner en juego un capital que se sabe perdido de antemano.

     ¿Qué nos queda, pues? Primero asumir que si queremos hacer pasta lo mejor será buscarse otro negocio y, segundo, que la última compensación por lo creado no será otra cosa que lo creado en sí (filosofía por otra parte positiva según varias posturas orientales). Por último podemos consolarnos asumiendo el coste verdaderamente ínfimo de la escritura de un poema, que pasa por papel, lápiz y tiempo y por fortuna no requiere disponer de un desbordante elenco de herramientas, un estudio de grabación o, lo que sería mucho peor, una legión de productores.

     Un saludo.

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2 comentarios en “No da dinero

    • Muchas gracias por tu comentario, Laura; no lo conocía, pero desde luego merece la pena valorarlo. Ya de paso aprovecharé para meterme un poco a fondo en Niedecker. Un saludo.

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