Para Gata Cattana

yo también he venido a que me rapen esos fachas

el pelo oscuro y suelto encima de los hombros
el cuerpo impermeable y
como el sol
las ojeras cansadas de sí mismas

tibio flamenco extraño
aún te traspasan
una lengua  incendiada de mujer
sus estrellas vacías en las bóvedas amarillas del sur

y el rap
y el rap lunar de las fuerzas centrípetas
que nos devuelven a los corazones

gatacattana

También disponible (junto a otros textos de autores muy muy top) en Playground.

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‘El gran Gatsby’ – Versión de un fragmento

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En mi opinión, ni siquiera el propio Gatsby pensaba que pudiera ocurrir algo así, o tal vez ya no le importaba. Para él, si esto último fuera cierto, el viejo y tibio mundo se habría perdido para siempre; vivir durante tanto tras un sueño le habría costado demasiado. Hubiera alzado la mirada y contemplado el cielo ajeno a través de las hojas, se habría estremecido al darse cuenta del objeto grotesco que una rosa es en realidad, y al observar la cruda luz del sol sobre la hierba recién aparecida. Un mundo nuevo, material pero irreal, por el que pasearían fantasmas que respiran sueños en lugar de aire, fortuitos… como la astrosa y absurda figura que se movía hacia él desde la masa informe de los árboles.

***

I have an idea that Gatsby himself didn’t believe it would come, and perhaps he no longer cared. If that was true he must have felt that he had lost the old warm world, paid a high price for living too long with a single dream. He must have looked up at the unfamiliar sky through frightening leaves and shivered as he found what a grotesque thing a rose is and how raw the sunlight was upon the scarcely created grass. A new world, material without being real, where poor ghosts, breathing dreams like air, drifted fortuitously about … like that ashen, fantastic figure gliding toward him through the amorphous trees.

Versión de J.F.R.

Por desdorar el oro

Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos a desdorar el oro.

César Vallejo

Ahora que el invierno está alcanzando su profundidad más íntima, vuelvo a pensar en César con su traje oscuro. Está sentado en un banco de madera, ensimismado, disfrutando en silencio del sol que baña tibiamente la ciudad de Niza mientras alguien, Georgette, quizás, se retira unos pasos antes de tomarle una fotografía. Fue la propia Georgette la que le dio, apenas ocho años después, la fosa humilde que guardaba para sí en el cementerio de Montrouge. Él se murió de hambre y de cansancio en un París cualquiera en que llovía la fiebre. Había sido un ferviente comunista; siempre pobre, siempre consciente de su origen arraigado en el pequeño pueblo de Santiago de Chuco. Fue nieto de indígenas y amigo de mineros, encarcelado injustamente, cultísimo y constante defensor de la República Española; cuando estalló la guerra nos escribió el poema más hermoso que se nos ha escrito jamás.

Pienso en Vallejo —en César— porque reclamo su figura para mí, no de un modo excluyente sino a modo de maestro extemporal, continuado; porque es uno de esos escritores que pueden releerse una y otra vez, en momentos terribles y magníficos; porque sufría, como el sol, una herida de luz sonora y fértil.

Pienso en Vallejo, en fin, porque lo hago siempre que me atrevo a dar un paso fuera de mi espacio de confort. Mañana me marcho al extranjero, por lo que estaré lejos de aquí durante algunos días. Prometo ser igual de críptico cuando regrese.

Juan

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