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2000-2025

Notas para un no-manifiesto. ¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía diversa?

mayo 24, 2026mayo 24, 2026 / Juan F. Rivero / Deja un comentario
  • Caracol nocturno, 4 (diciembre de 2025), editado por Laura Rodríguez Díaz, Alfredo Crespo Borrallo y Letraversal. Arriba a la derecha, un alebrije.
  • Primeras páginas de «Notas para un no-manifiesto» en Caracol nocturno.

«Hay solamente un arte», dijo reiteradamente Reinhardt, y creía fervientemente que sus pinturas —negras, mate, cuadradas— son esencialmente el arte.
Declarar que el arte ha llegado a un fin significa que este tipo de crítica ya no es lícita. Ningún arte está ya enfrentado históricamente contra ningún otro tipo de arte. Ningún arte es más verdadero que otro, ni más falso históricamente que otro.

Arthur C. Danto,
Después del fin del arte

El arte solo puede vivir dentro de un proceso de liberación. El arte es, por así decirlo, siempre democrático; su mecanismo productivo es democrático, en el sentido de que produce lenguaje, palabras, colores, sonidos que se arriman en comunidades, en nuevas comunidades. Para escapar de la ilusión estética, es preciso escapar de la soledad; para construir arte es preciso construir liberación en su figura colectiva.

Antonio Negri,
Arte y multitudo

Para mi hermano Enrique Fuenteblanca,
por todas nuestras conversaciones sobre arte y poesía.

Se habla, siempre que se habla de poesía contemporánea, de un rasgo definitorio: su diversidad. La actual poesía española escrita en castellano, y en especial la presentada como «joven» —incluso cuando varios de sus autores más reivindicados ya han dejado de serlo—, es diversa, es dinámica, es plural. Pero ¿qué significan estos adjetivos?

Es cierto que hay un hecho evidente: no existen en nuestra última poesía una línea ni un estilo claramente dominantes, sino más bien un clúster —o incluso tres o cuatro— de propuestas y poetas, cuyo centro es cambiante y tiende a estar constituido por figuras sueltas antes que por escuelas o por grupos autoconformados. Sin embargo, no resulta infrecuente que bajo estos calificativos subyaga, más que una mera descripción del panorama, una incomodidad. Sobre todo porque es precisamente esta diversidad que se ha negado a disolverse en las últimas décadas la que impide a cierta crítica clasificarla dentro de unos parámetros estilísticos y temáticos lo suficientemente restrictivos como para satisfacer la ansiedad taxonómica y mercadotécnica de nuestra época.

De hecho, lo que muy pocos críticos parecen haber señalado hasta hoy es que esta poesía diversa no es el resultado de una estética endeble ni falta de figuras con capacidad de liderazgo, sino una voluntad coral, aunque completamente independiente, por la que los poetas más originales de al menos las dos últimas generaciones de nuestra literatura se resisten, por una parte, a renunciar a su individualidad y, por la otra, a intentar imponer sus estilos mediante los procedimientos más habituales entre los escritores emergentes, ya fuera publicando manifiestos, al estilo de las vanguardias y las posvanguardias, o estableciendo grupos más o menos excluyentes en torno a los principales cauces de llegada al público. Algo, por lo demás, bastante complicado en un sistema en el que las editoriales independientes se han multiplicado e Internet permite —aunque cada vez menos— establecer vías directas de llegada al lector.

Por todo ello, para entender de qué hablamos exactamente cuando hablamos de poesía diversa en la España actual, deberemos entender las razones y mecanismos de esta resistencia a reducirse e imponerse por parte de los poetas. Una actitud que, a mi juicio, se encuentra en la base de la creación poética contemporánea y es, además de un signo de buena salud, una necesidad impuesta por el tiempo en que escribimos. Por dos razones.

La primera responde a la negativa a abandonar el privilegio abierto por la condición posthistórica del arte que Arthur C. Danto señalara en los años ochenta y noventa, y cuyo espíritu no tardó demasiado en concretarse en las propuestas más originales de primeros de los dos mil, ya fuera de manera explícita, como en las obras de Agustín Fernández Mallo o Vicente Luis Mora, o implícita, como en la heterogeneidad estilística y temática con que irrumpieron en el panorama otras autoras jóvenes como Julieta Valero, Miriam Reyes, Ana Gorría o Elena Medel. Una generación compleja y mal tratada por la crítica académica y generalista, la de los nacidos en los años setenta y primeros ochenta, a la que, sin embargo, los autores inmediatamente posteriores, que nos hemos beneficiado de un contexto menos asfixiante, debemos una suerte de magisterio indirecto que aún está por estudiar, y que tendría que dar todavía frutos muy interesantes, pues estamos creando al mismo tiempo y en conversación abierta.

La segunda, me parece, tiene que ver con la reacción cada vez más explícita y consciente a la deriva tecnoautoritaria de la última década, por la cual la escritura poética se nos presenta a muchos como una herramienta para la generación de discursos inconformistas, disruptivos o disidentes que, de alguna forma, resistan la brutal potencia homogeneizadora del capitalismo algorítmico. En este último sentido, no es de extrañar que, dentro de esta pluralidad, las líneas más potentes —y en torno a las que más autores se concentran— sean aquellas que trabajan posiciones discursivas deconstructivistas (poéticas de la experimentación lingüística y la hibridación) y disidentes (poéticas feministas, queer, de la conciencia, de lo infantil o lo cursi, entre otras varias).

Nuestra poesía, en resumen, es diversa sencillamente porque puede y debe serlo. Ante todo, para dar cuenta de la complejidad inmensa del mundo en que se produce, cosa que hace ya mucho tiempo sabemos es imposible —y monstruosamente ingenuo— intentar desde una sola subjetividad.

Hasta aquí, me parece haber esbozado un retrato optimista, y ciertamente feliz, de la poesía española de los últimos veinticinco años. Sin embargo, resulta fundamental terminar estos breves apuntes señalando el precario equilibrio en el que esta pluralidad se sostiene. Y es que esa que considero su mejor característica depende apenas de la subsistencia de un puñado generoso —pero siempre en peligro— de proyectos entre los que se cuentan tanto la revista que tienes entre las manos, lector, como la editorial en que se apoya.

Si no fuera, de hecho, por la coexistencia simultánea de unas pocas editoriales recientes —Letraversal, Ultramarinos, Candaya, Vaso Roto, La bella Varsovia, Siltolá, Cántico, 4 de agosto, Liliputienses, Delirio, La uÑa RoTa, RIL…—, la resistencia, a veces contra todo, de otras clásicas y los empeños de algunas maravillosas pero desaparecidas —DVD, El Gaviero…— un panorama fértil como el que tenemos no resultaría posible. Y tampoco sin otros proyectos en apariencia más pequeños pero igual de importantes, como el de Caracol nocturno, que además de acercar la poesía a su público dan la oportunidad a nuevas voces de sumarse a la conversación.

Celebremos, leyéndolo, que un nuevo número de esta revista nos haya llegado a las manos y siga contribuyendo a una poesía diversa. La que requiere este mundo, más complejo que nunca.

Juan F. Rivero,
en Ciudad Lineal, otoño de 2025

Nota: El siguiente texto se publicó como prólogo en la revista Caracol nocturno, 4 (diciembre de 2025), editado por Laura Rodríguez Díaz, Alfredo Crespo Borrallo y Letraversal. Adquiere tu ejemplar aquí.

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