Diez años de ‘Canícula’ (2016-2026)

Hace ahora diez años, en otoño de 2016, se publicó Canícula, mi primer libro. En 2019, tres años después, lo volví a publicar, esta vez no con la editorial con la que apareció inicialmente, sino en una versión digital gratuita disponible a través de Quien quiera ser Nerón, con el que acabó siendo su título definitivo y cambios muy notables que incluyeron la supresión y adición de poemas, cambios en las fotografías de João Pedro Pinto, paratextos y dedicatorias.

Desde entonces ha pasado el tiempo y, aunque en principio pensé que aquella sería la edición final, en 2024, preparando Lento relámpago, memoria, me di cuenta de que todavía había algunas cosas que podía afinar y volví a revisar el texto parcialmente.

Ha sido aprovechando aquel trabajo que ahora he vuelto a repasarlo todo y preparado una nueva edición, que en este caso incluye correcciones puntuales y, a excepción de la «Nota a la tercera edición, a diez años», no retira ni añade ningún material.

La década que ha transcurrido desde que Canícula salió a la luz ha sido vertiginosa para mi poesía. Cuando publiqué la edición digital de 2019 mi segundo poemario, Las hogueras azules (2020), y mis traducciones de John Ashbery para La escuela poética de Nueva York (2020) estaban a punto de aparecer. Después de ellas vino la antología de poesía japonesa La semilla y el corazón (2022), que de cierta manera ampliaba el universo creativo de Las hogueras azules, y en los años siguientes mi tercer poemario, Raíz dulce (2024), Lento relámpago (2024), la primera antología de mi obra, y el libro-poema Diapausa (2025).

Su tercera edición, que espero sea la definitiva, coincide, tal y como lo hizo la segunda, con los meses de finalización de un poemario: Flores a oscuras. Veremos si la década que viene se parece a esta o no.

Podéis descargar la nueva edición de Canícula aquí.

Canícula (Serie de poemas)

—dedicado a Adrián Gabriol, amigo y mente—

Siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje.

Michel Foucault

Crystal Castles - Brixton Academy, London 24/11/12

Crystal Castles – Brixton Academy, London 24/11/12 [Imagen extraída de aquí]

I

La habitación (como si fuera fuego en una lámpara de araña), la soledad aislada de las uvas de un racimo. A solo diez centímetros del techo orbita el cuerpo procesado de un nogal; utilidades varias, libros y un portátil, un hombre de entre veinte y treinta años acostado en una cama sin abrir. Tras dos o tres minutos pasa un coche; alguien que habita el exterior musita un par de frases y abandona el texto. Él tiene la impresión de estar en una especie de terrario o, peor aún, en una incubadora cuyo termostato hubiese reventado provocando una crecida incontrolada del calor, que parece ascender, rizado en ondas, desde el cimiento mismo de la casa.

II

Una mujer se pone una mordaza y sale a caminar. El escenario es el de una ciudad repleta de carcasas, inundada de algas y animales verborreicos. Ella camina rápido en el centro de la acción, oyendo el deslizarse de los ojos en las cuencas; después llega a un extremo y se detiene, mira hacia atrás y observa sin sorpresa que se encuentra justo al borde de una línea de eucaliptos. Muy lentamente vuelve a respirar, nota cómo el sudor le crece sobre el eje de la espalda y se dispersa en las gargantas de la piel. Cuando mira adelante, sabiéndose otra vez frente a la puerta de su apartamento, se aprieta la mordaza y continúa.

III

No es una manta oscura lo que envuelve el escenario, sino el público denso como un pie de marabunta. Todos quieren tocar el cuerpo de la joven, llevarse algo de piel, cabello o ropa, todos ganar una porción del tiempo que protege entre los labios. Dicen que cuando el santo agonizaba en su cenobio, la carne ya incapaz de contener tal cantidad de dios, las monjas que lavaban sus heridas llegaban a las manos por conservar el hilo y las agujas con las que remendaban sus muñones. Sobre el concierto el aire está vibrando como la superficie de un espejo en el momento de estallar; sin descender, se adhiere a la canícula la música electrónica.

IV

Masmedular e ignífuga, la red, una memoria extensa, inaprehensible, alimentada de ojos y falanges consumidas. En uno de sus bordes, una muchacha busca, escoge y ve pornografía mientras todas las voces del planeta mienten a la vez, multiplicadas en telediarios. Con el primer orgasmo un estertor de fiebre abraza los cristales; una tras otra se suceden, sin abrir, tres contracciones lentas como anillos inconexos. Desde un estrato ajeno al de la casa, luchando por brotar contra el profundo peso del calor —tan similar al de la lana húmeda— se vuelve a repetir la locución de los informativos.

V

Un hombre pasa andando por la calle —un hombre pasa andando, pasa andando. Las luces de neón, como arbotantes de una iglesia no delimitada, se levantan en tallos yugulares y se ofrecen, dulces, al sacrificio de la integración en una luz más alta y colectiva. El hombre que camina vuelve a casa —casa como el lugar en que los niños, cuando juegan, por medio de un sistema simple de designación (aquel árbol de allí, eso es la casa), consiguen refugiarse del peligro de los otros— y mientras tanto enciende un cigarrillo y mueve la mirada hacia un lugar en el que el cielo le parece de hormigón pintado. Pausa. Una paloma sucia, casi un ala, sobrevuela la escena. Caen las luces.

Publicado originalmente en EnterMagazine