Hace ahora diez años, en otoño de 2016, se publicó Canícula, mi primer libro. En 2019, tres años después, lo volví a publicar, esta vez no con la editorial con la que apareció inicialmente, sino en una versión digital gratuita disponible a través de Quien quiera ser Nerón, con el que acabó siendo su título definitivo y cambios muy notables que incluyeron la supresión y adición de poemas, cambios en las fotografías de João Pedro Pinto, paratextos y dedicatorias.
Desde entonces ha pasado el tiempo y, aunque en principio pensé que aquella sería la edición final, en 2024, preparando Lento relámpago, memoria, me di cuenta de que todavía había algunas cosas que podía afinar y volví a revisar el texto parcialmente.
Ha sido aprovechando aquel trabajo que ahora he vuelto a repasarlo todo y preparado una nueva edición, que en este caso incluye correcciones puntuales y, a excepción de la «Nota a la tercera edición, a diez años», no retira ni añade ningún material.
La década que ha transcurrido desde que Canícula salió a la luz ha sido vertiginosa para mi poesía. Cuando publiqué la edición digital de 2019 mi segundo poemario, Las hogueras azules (2020), y mis traducciones de John Ashbery para La escuela poética de Nueva York (2020) estaban a punto de aparecer. Después de ellas vino la antología de poesía japonesa La semilla y el corazón (2022), que de cierta manera ampliaba el universo creativo de Las hogueras azules, y en los años siguientes mi tercer poemario, Raíz dulce(2024), Lento relámpago (2024), la primera antología de mi obra, y el libro-poema Diapausa (2025).
Su tercera edición, que espero sea la definitiva, coincide, tal y como lo hizo la segunda, con los meses de finalización de un poemario: Flores a oscuras. Veremos si la década que viene se parece a esta o no.
Caracol nocturno, 4 (diciembre de 2025), editado por Laura Rodríguez Díaz, Alfredo Crespo Borrallo y Letraversal. Arriba a la derecha, un alebrije.
Primeras páginas de «Notas para un no-manifiesto» en Caracol nocturno.
«Hay solamente un arte», dijo reiteradamente Reinhardt, y creía fervientemente que sus pinturas —negras, mate, cuadradas— son esencialmente el arte. Declarar que el arte ha llegado a un fin significa que este tipo de crítica ya no es lícita. Ningún arte está ya enfrentado históricamente contra ningún otro tipo de arte. Ningún arte es más verdadero que otro, ni más falso históricamente que otro.
Arthur C. Danto, Después del fin del arte
El arte solo puede vivir dentro de un proceso de liberación. El arte es, por así decirlo, siempre democrático; su mecanismo productivo es democrático, en el sentido de que produce lenguaje, palabras, colores, sonidos que se arriman en comunidades, en nuevas comunidades. Para escapar de la ilusión estética, es preciso escapar de la soledad; para construir arte es preciso construir liberación en su figura colectiva.
Antonio Negri, Arte y multitudo
Para mi hermano Enrique Fuenteblanca, por todas nuestras conversaciones sobre arte y poesía.
Se habla, siempre que se habla de poesía contemporánea, de un rasgo definitorio: su diversidad. La actual poesía española escrita en castellano, y en especial la presentada como «joven» —incluso cuando varios de sus autores más reivindicados ya han dejado de serlo—, es diversa, es dinámica, es plural. Pero ¿qué significan estos adjetivos?
Es cierto que hay un hecho evidente: no existen en nuestra última poesía una línea ni un estilo claramente dominantes, sino más bien un clúster —o incluso tres o cuatro— de propuestas y poetas, cuyo centro es cambiante y tiende a estar constituido por figuras sueltas antes que por escuelas o por grupos autoconformados. Sin embargo, no resulta infrecuente que bajo estos calificativos subyaga, más que una mera descripción del panorama, una incomodidad. Sobre todo porque es precisamente esta diversidad que se ha negado a disolverse en las últimas décadas la que impide a cierta crítica clasificarla dentro de unos parámetros estilísticos y temáticos lo suficientemente restrictivos como para satisfacer la ansiedad taxonómica y mercadotécnica de nuestra época.
De hecho, lo que muy pocos críticos parecen haber señalado hasta hoy es que esta poesía diversa no es el resultado de una estética endeble ni falta de figuras con capacidad de liderazgo, sino una voluntad coral, aunque completamente independiente, por la que los poetas más originales de al menos las dos últimas generaciones de nuestra literatura se resisten, por una parte, a renunciar a su individualidad y, por la otra, a intentar imponer sus estilos mediante los procedimientos más habituales entre los escritores emergentes, ya fuera publicando manifiestos, al estilo de las vanguardias y las posvanguardias, o estableciendo grupos más o menos excluyentes en torno a los principales cauces de llegada al público. Algo, por lo demás, bastante complicado en un sistema en el que las editoriales independientes se han multiplicado e Internet permite —aunque cada vez menos— establecer vías directas de llegada al lector.
Por todo ello, para entender de qué hablamos exactamente cuando hablamos de poesía diversa en la España actual, deberemos entender las razones y mecanismos de esta resistencia a reducirse e imponerse por parte de los poetas. Una actitud que, a mi juicio, se encuentra en la base de la creación poética contemporánea y es, además de un signo de buena salud, una necesidad impuesta por el tiempo en que escribimos. Por dos razones.
La primera responde a la negativa a abandonar el privilegio abierto por la condición posthistórica del arte que Arthur C. Danto señalara en los años ochenta y noventa, y cuyo espíritu no tardó demasiado en concretarse en las propuestas más originales de primeros de los dos mil, ya fuera de manera explícita, como en las obras de Agustín Fernández Mallo o Vicente Luis Mora, o implícita, como en la heterogeneidad estilística y temática con que irrumpieron en el panorama otras autoras jóvenes como Julieta Valero, Miriam Reyes, Ana Gorría o Elena Medel. Una generación compleja y mal tratada por la crítica académica y generalista, la de los nacidos en los años setenta y primeros ochenta, a la que, sin embargo, los autores inmediatamente posteriores, que nos hemos beneficiado de un contexto menos asfixiante, debemos una suerte de magisterio indirecto que aún está por estudiar, y que tendría que dar todavía frutos muy interesantes, pues estamos creando al mismo tiempo y en conversación abierta.
La segunda, me parece, tiene que ver con la reacción cada vez más explícita y consciente a la deriva tecnoautoritaria de la última década, por la cual la escritura poética se nos presenta a muchos como una herramienta para la generación de discursos inconformistas, disruptivos o disidentes que, de alguna forma, resistan la brutal potencia homogeneizadora del capitalismo algorítmico. En este último sentido, no es de extrañar que, dentro de esta pluralidad, las líneas más potentes —y en torno a las que más autores se concentran— sean aquellas que trabajan posiciones discursivas deconstructivistas (poéticas de la experimentación lingüística y la hibridación) y disidentes (poéticas feministas, queer, de la conciencia, de lo infantil o lo cursi, entre otras varias).
Nuestra poesía, en resumen, es diversa sencillamente porque puede y debe serlo. Ante todo, para dar cuenta de la complejidad inmensa del mundo en que se produce, cosa que hace ya mucho tiempo sabemos es imposible —y monstruosamente ingenuo— intentar desde una sola subjetividad.
Hasta aquí, me parece haber esbozado un retrato optimista, y ciertamente feliz, de la poesía española de los últimos veinticinco años. Sin embargo, resulta fundamental terminar estos breves apuntes señalando el precario equilibrio en el que esta pluralidad se sostiene. Y es que esa que considero su mejor característica depende apenas de la subsistencia de un puñado generoso —pero siempre en peligro— de proyectos entre los que se cuentan tanto la revista que tienes entre las manos, lector, como la editorial en que se apoya.
Si no fuera, de hecho, por la coexistencia simultánea de unas pocas editoriales recientes —Letraversal, Ultramarinos, Candaya, Vaso Roto, La bella Varsovia, Siltolá, Cántico, 4 de agosto, Liliputienses, Delirio, La uÑa RoTa, RIL…—, la resistencia, a veces contra todo, de otras clásicas y los empeños de algunas maravillosas pero desaparecidas —DVD, El Gaviero…— un panorama fértil como el que tenemos no resultaría posible. Y tampoco sin otros proyectos en apariencia más pequeños pero igual de importantes, como el de Caracol nocturno, que además de acercar la poesía a su público dan la oportunidad a nuevas voces de sumarse a la conversación.
Celebremos, leyéndolo, que un nuevo número de esta revista nos haya llegado a las manos y siga contribuyendo a una poesía diversa. La que requiere este mundo, más complejo que nunca.
Juan F. Rivero, en Ciudad Lineal, otoño de 2025
Nota: El siguiente texto se publicó como prólogo en la revista Caracol nocturno, 4 (diciembre de 2025), editado por Laura Rodríguez Díaz, Alfredo Crespo Borrallo y Letraversal. Adquiere tu ejemplar aquí.
Siempre que termino un libro me sucede una especie de afasia. Me pasó tras la publicación de Canícula(su primera versión, en 2016), me pasó con Las hogueras azules(2020), que apareció en plena pandemia y tuvo una recepción que yo jamás habría podido anticipar, y me ha pasado también con Raíz dulce, aunque quizás con más intensidad que en las ocasiones previas, como supongo que lo prueba el hecho de que haya transcurrido casi un año desde su publicación sin que haya escrito nada sobre él en esta página. El pasado 12 de diciembre, sin embargo, y para mi sorpresa, se anunció que el libro había ganado el XXXV Premio El Ojo Crítico de RNE, por lo que empieza a resultar evidente que, dejando a un lado que yo sea un desastre para los anuncios, la afasia necesita solución inmediata.
Raíz dulce. Fotografía de María Sánchez.
Raíz dulce se publicó en Candaya a finales de enero de 2024. Salió con el número 31 de la colección Poesía, entre Perro fantasma, de José Daniel Espejo (2023) y Aunque me extinga, de Sofía Crespo Madrid (2024), que se anunció hace apenas algunas semanas. Sobre qué es o qué deja de ser exactamente, hay opiniones enfrentadas —y me consta que han surgido discusiones al respecto—, pero a mí me gusta hablar de él como un poemario que encapsula una novela.
Hay en el libro, por lo tanto, una historia; una sobre la que hasta ahora (y de allí viene en parte mi silencio, aunque no solo) he procurado no hablar, pues me parece que una buena parte de su encanto, o por lo menos de su funcionamiento en tanto que obra artística, reside justamente en adentrarse en él a ciegas. Aquí me limitaré a decir, como ya he adelantado en las presentaciones y las entrevistas de estos últimos meses, que se trata de un relato cimentado en numerosas experiencias personales, y aun así ficcional, y que acontece entre un pasado tan próximo y un futuro tan cercano que se podría decir que lo narrado está pasando hoy.
Independientemente de su historia, Raíz dulce es un dispositivo literario —me apropio de esta expresión que Ernesto García López empleó en la presentación de Getafe— que pretende invitar a la lectora o al lector a reflexionar acerca de tres cuestiones principales: (1) hasta qué punto nuestra identidad, como individuos, depende de eso que llamamos memoria y en qué grado es esta maleable ante la fuerza y las presiones del deseo; (2) qué es en realidad eso que llamamos poesía y qué la diferencia de otros modos de expresión, y sobre todo (3) la esencial fragilidad de la existencia humana y la naturaleza inseparable de la vida, el amor y la muerte.
Como también he declarado en varias ocasiones desde que se publicó el libro, cualquier otra inferencia interpretativa por mi parte, como autor de la obra, me parece perjudicial, así como cualquier aclaración acerca de qué elementos de la historia son biográficos y cuáles ficcionales. En definitiva, es por esta razón por la que me he negado sistemáticamente a responder ciertas preguntas, dejando que sea el lector el que medite hasta qué punto, como Eduardo Ruiz Sosa me dijo una vez, «todo es ficción desde el momento en que está escrito» y, en última instancia, la verdadera poesía es antibiográfica, como dejara escrito en sus apuntes Paul Celan.
Ejemplares de la primera y segunda edición de Raíz dulce, aparecidas respectivamente en enero y en mayo de 2024. Arriba a la derecha, el marcapáginas que acompañó a la salida del libro en enero. A la izquierda, una rosa blanca seca y, sobre el ejemplar de la segunda edición, un pez de jade en referencia al apodo con el que Cris, una de sus amigas de la adolescencia, solía referirse a N.
Por fortuna, y a pesar de mis silencios, el libro ha recibido apoyos por parte tanto de los lectores como de la crítica. La segunda edición, de hecho, apareció en el mes de mayo, solo tres meses después de su publicación. Entretanto, mis editores y yo lo presentamos en Madrid, Getafe, Sevilla, Málaga, Granada, Santiago de Compostela y Berlín, y después del verano en Murcia, Valencia y Alicante. En todos estos sitios me acompañaron escritores y amigos estupendos —Mónica Ojeda, el ya citado Ernesto García López, mi hermano Enrique Fuenteblanca y Braulio Ortiz Poole, Virginia Aguilar Bautista, Rosa Berbel, Chus Pato, Raúl Gil, José Daniel Espejo, Francisca Pageo y Sara J. Trigueros, respectivamente—, cuyas interpretaciones del texto, sin excepción, me han parecido de una inteligencia y de una originalidad abrumadoras. También lo han hecho las lecturas críticas, empezando sin duda por el hermoso epílogo que dedicó a la obra Chus Pato, recién galardonada con el Premio Nacional de Poesía, y siguiendo por reseñas tan iluminadoras como las que le han dedicado, entre otros,Vicente Luis Mora,Túa Blesa o Adrián Viéitez.
Presentando Raíz dulce en La Carbonería de Sevilla con Enrique Fuenteblanca y Braulio Ortiz Poole. Trajo los libros La Fuga Librerías. Fotografía de Jaime Tuñón.
A todo esto se suma la atención mediática que ha despertado el poemario, que ha desfilado ya por algunos de los mejores programas culturales españoles, como La estación azul,A la luz del pensaro Biblioteca pública, en la radio, o Página 2 en la televisión.
Por mi parte, no puedo estar más que agradecido por tanto cariño y atención, que se suman a los que ya recibieron mis libros anteriores y a los que, desde mayo, han canalizado también la primera antología de mi obra, Lento relámpago, memoria (aparecida en Nautilus como conmemoración de mi paso por el Festival Internacional de Poesía de Aragón) y, más recientemente, la Poesía selectade Federico García Lorca aparecida en Alba con ilustraciones de Sara Morante y prólogo de mi autoría titulado «Lorca, la fuerza, el límite y la imaginación».
La noticia del Premio El Ojo Crítico, en fin, cerró un año de ensueño y repleto de emociones que le debo, además de a la poesía, a mis lectoras y lectores y a mis queridos editores de Candaya, Olga Martínez Dasi y el ya mencionado Eduardo Ruiz Sosa, que creyeron en el libro y lo ayudaron a nacer, además de a nuestro tan añorado Paco Robles.
Gracias a todos vosotros por hacer de Raíz dulce lo que es hoy.
Madrid, 12 de enero de 2025, JFR
Ejemplares de las primeras ediciones de Lento relámpago, memoria (Antología 2013-2023) (Nautilus, 2024) y Poesía selecta, de Federico García Lorca (Alba, 2024).