Taipei – Tao Lin

          Llegué a New York a principios de agosto de este mismo año. Llevaba en la mochila un pantalón, tres camisetas, mi diario, un mapa y un cuaderno de poemas. Había decidido Taipeirecorrer de cabo a rabo la ciudad, y cuando digo “cabo a rabo” quiero decir de “librería en librería”, por lo que reservé el escaso espacio de carga que me garantizaba mi billete de turista con Jet Blue para embutir todos los libros que esperaba conseguir.

   La ciudad, tal como yo esperaba, era un insólito hervidero cultural, una marmita enorme de lenguajes en la que las generaciones jóvenes habían conseguido diluir las no tan viejas cicatrices del racismo y la segregación. Esto quedaba claro en mi lista de autores a encontrar, entre los cuales figuraban apellidos tan diversos como el de los afroamericanos Kyle Dargan y Jericho Brown o el de la japonesa-americana Claire Kageyama-Ramakrishnan. La misma diversidad reinaba entre las librerías, pero en la que encontré una obra de Tao Lin por vez primera fue en la famosa Strand Bookstore, situada en la esquina de Broadway y la duodécima, en pleno corazón de Greenwich Village.

     Sabía que había trabajado géneros distintos y que su tercera novela, Taipei (Vintage Contemporary, 2013), acababa de salir, pero tal y como acostumbro a hacer me fui directo a las secciones de poesía y rebusqué hasta dar con un pequeño tomo titulado Cognitive-Behavioral Therapy (Melville House Publishing, 2006). Cuando me disponía a pagar, la dependienta examinó mis nuevos libros y exhaló un suspiro corto, de esos que usamos a menudo para iniciar conversaciones con extraños, y exclamó: I had no idea that guy was also writing poetry. Le pregunté si había leído algo suyo y ella negó con la cabeza, pero mientras lo hacía señaló una pila de unos veinte o treinta libros que brillaban junto al mostrador: we have a bunch of these ones here, añadió, y luego me cobró los seis poemarios que llevaba y se ocupó del próximo en la fila.

     Aquella tarde devoré de un solo golpe Cognitive-Behavioral. Me sorprendieron la frescura de su estilo y su ironía y, aunque lo cierto es que el final del libro me dejó un regusto amargo, me decidí a comprar al día siguiente la novela y a investigar aquella noche acerca del autor y sus quehaceres. Así fue como descubrí que Tao Lin (3), 1983, americano de primera generación e hijo de taiwaneses, era la última sensación de ventas entre el ambiente alternativo de New York y uno de los iconos más polémicos de Brooklyn. Vegano (pero en la droga hasta las cejas), más activo en la red que en el mundo real y definitivamente hipster, ha escrito las novelas Eeeee Eee Eeee (2007), Shoplifting from American Apparel (2009) y Richard Yates (2010), además de la compilación de relatos Bed (2007) y otro poemario titulado you are a little bit happier than i am (2006). Por si fuera poco, a esta producción escrita hay que sumarle sus ensayos y sus “experimentos” en vídeo, que incluyen grabaciones de sí mismo bajo el efecto de MDMA, setas alucinógenas y otras sustancias de diversa índole.

     El caso es que empecé a leer Taipei al día siguiente, en una de las muchas estaciones de Manhattan. La novela tiene algo que la hace adictiva, ya sea la ironía que destila cada página o el continuo juego de Tao Lin con las expectativas del lector, a quien da acción cuando todo apuntaba a un buen respiro y calma chicha cuando el libro debería implosionar. El argumento del libro, por su parte, sigue las relaciones sentimentales del protagonista, y tiene por objetivo revelar el decadente mundo en que se mueve (parte) de la juventud americana de hoy en día, una mezcla de drogas e Internet que matará de aburrimiento a alguien nacido antes de los ochenta, pero que no puede dejar de interesar a los que sí hemos habitado Facebook y Gmail. En la contraportada aparece una cita de Blake Butler que resume en parte mi opinión:

              «A work of vision so relentless it forces most any reader to respond.» (1)

Es cierto, aunque la respuesta que anticipa el escritor de Sky Saw no tiene por qué ser positiva en absoluto. Tan solo hay que buscar un poco en Internet para encontrar una montaña de críticas a las novelas, cuentos y poemarios de Tao Lin, que van desde aquellas que lo acusan de haberse instituido como icono generacional hasta las que critican sus opciones narrativas. En este sentido es cierto que Taipei adolece a menudo de un ritmo narrativo insuficiente, tal vez porque los personajes no persiguen objetivos definidos, sino que van chocando constantemente contra lo que se les presenta por delante. Por otro lado sus protagonistas pueden ser irritantes para un lector no muy versado en la ironía, sobre todo porque se encuentran sumergidos en un mundo de hedonismo que recuerda al de esos personajes galdosianos que se podían permitir una vida de lujo y reflexión existencial, siempre gracias a una oportuna y misteriosa renta. Además, y aunque tal vez se trate de una apreciación bastante personal, he de decir que se me hacen demasiado evidentes las similitudes de este libro con la novela Azul casi transparente (1976), de Ryū Murakami (2), cuya lectura jamás me cansaré de recetar a todo aquel que diga que no sabe qué leerse. Tampoco deja de sorprenderme que entre los datos de edición figure esa clásica nota que desvincula la novela de la realidad, cuando resulta obvio que Tao Lin está narrando sus vivencias de este año; véanse en este sentido el viaje a Taiwán, los vídeos ya citados, su actividad online y un largo etcétera.

     A pesar de todo esto estamos ante una novela que sin duda merece la pena leer, no solo porque describe con exactitud sardónica la vida de las últimas generaciones informatizadas, sino porque es un libro divertido e indudablemente nuevo y puede abrir las puertas a caminos narrativos aún sin transitar. El estilo que utiliza, a medio camino entre el discurso de un adolescente apático y el de un ensayo de antropología, es una clara muestra de esto último, a lo que hay que sumar un hilarante y detenido análisis del comportamiento emocional de la generación de los noventa.

    Concluyendo, y fijando este primer artículo como cabeza de una lista de reseñas de literatura norteamericana, añadiré que en general se trata de un relato valiente y arriesgado y que, por tanto, merece una oportunidad y un hueco entre las novedades de la biblioteca. La novela aún no ha sido traducida al castellano ni editada en España, pero está escrita en un inglés bastante fácil de leer, por lo que os recomiendo que os pongáis a ello cuanto antes si no queréis perderos qué es lo que se cuece en este lado del Atlántico. Podéis comprar el libro, como siempre, en Amazon.com.

NOTAS:

(1) “Una obra de visión tan implacable que obliga a casi cualquier lector a responder”.

(2) Esta novela fue editada en el 97 por Anagrama dentro de la Colección Compactos, con el título de Azul casi transparente.

(3) Puede encontrarse más información sobre Tao Lin en su página web.

No da dinero

     Hace no mucho, en una fiesta organizada dentro de la casa que comparto con cinco compañeros de distinta nacionalidad, alguien me preguntó a qué me dedicaba. Después de responderle escuetamente «a la poesía», el tipo, una persona inteligente en líneas generales y aficionado a la literatura, quiso saber de qué manera era posible dedicarse a día de hoy a una actividad que no produce beneficios económicos. Acostumbrado a la pregunta, le expliqué que aunque dedico la mayor parte del tiempo a la poesía o, mejor dicho, a la literatura en general, trabajo a jornada completa como profesor y ayudante de oficina en una empresa internacional y, cuando puedo, hago además pequeños trabajitos que me ayudan a ir tirando como en definitiva hace cualquier hijo de vecino.

     Desde luego que no se puede vivir de la poesía, sobre todo si se tiene en cuenta que uno pretende competir en un mercado saturado, dentro del cual imperan otras formas literarias que, más populares y asequibles, terminan atrayendo la atención de un público desde hace muchos años desinteresado en la profundidad. O.K., esto es un hecho, pero no proclamemos la tragedia todavía: si alguien se ha dedicado a la poesía contemporánea esperando hacer dinero es que se trata indiscutiblemente de un idiota y si, lo que es peor, se queja por no ser capaz conseguirlo, mi único consejo (y petición) es que abandone para siempre.

     No, señores, definitivamente la poesía ni da ni dio dinero en épocas pasadas, hecho en el que, a mi juicio, radica una de sus mayores ventajas frente a otras disciplinas literarias. Por un lado, la ausencia de intereses monetarios la ha mantenido relativamente al margen de las imposiciones del mercado editorial y, por otro, esta misma circunstancia ha propiciado que muy pocos buscavidas se interesen en medrar a costa suya, como sí ha sucedido con la narrativa, el cine, la pintura o la música entre otras. Por supuesto que es un fastidio no poder vivir de los escritos, pues no deja de ser frustrante el escaso reconocimiento que merece en sociedad el esfuerzo de componer buenos poemas. Tampoco es agradable encontrarse con el rechazo frontal que las editoriales a la clásica ponen ante los jóvenes poetas, aunque no resulta difícil entender que no merece la pena poner en juego un capital que se sabe perdido de antemano.

     ¿Qué nos queda, pues? Primero asumir que si queremos hacer pasta lo mejor será buscarse otro negocio y, segundo, que la última compensación por lo creado no será otra cosa que lo creado en sí (filosofía por otra parte positiva según varias posturas orientales). Por último podemos consolarnos asumiendo el coste verdaderamente ínfimo de la escritura de un poema, que pasa por papel, lápiz y tiempo y por fortuna no requiere disponer de un desbordante elenco de herramientas, un estudio de grabación o, lo que sería mucho peor, una legión de productores.

     Un saludo.

Cadáveres

     Antes de hablar o de escribir sobre poesía, me gusta recordar cierta famosa anécdota sobre los años escolares de Rimbaud, cuando el pequeño Arthur aún estudiaba en el colegio de su localidad natal, cerca de la frontera belga, y ya empezaba a revelarse como el creador original que todos conocemos. La anécdota es, más bien, el rastro escrito que han dejado las palabras de uno de sus profesores y que venían a afirmar que aquel joven poeta de doce años de edad era indudablemente un genio, ya fuese para el bien o para el mal. La frase exacta, que puede encontrarse traducida fácilmente en distintas versiones de la Wiki, reza: «Rien d’ordinaire ne germe dans cette tête, ce sera le génie du Mal ou celui du Bien». Siempre he pensado o, más bien, siempre he querido pensar que esa era la sensación exacta que un verdadero artista debe transmitir, pues su talento ha de sobresalir de forma natural, al margen de lo que los convencionalistas consideren apropiado.

     No voy a dedicarme a hablar aquí de un tema tan gastado como el de la excentricidad del arte, principalmente porque el arte, desde mi punto de vista, es tanto definible por su heterodoxia como por su heterogeneidad. No, de lo que voy a hablar ahora es de la confusión que impera a día de hoy en torno a los viejos preceptos de la oralidad y a la supuesta cotidianidad de la poesía. Han pasado varios años ya desde que Luis García Montero se refirió a los poetas que se visten de poetas –en un clarísimo ataque a la poesía de José Ángel Valente– y bastantes más desde que Benedetti publicase Los poetas comunicantes. Menos han pasado desde que José Manuel Caballero Bonald, cansado de llevar toda una vida practicando las mismas formas líricas que el resto de sus coetáneos generacionales, publicase La noche no tiene paredes, sin duda uno de sus mejores poemarios hasta ahora.

     Como poeta creo firmemente en la libertad artística del escritor, por lo que respeto la voluntad de cada uno al seleccionar su estilo y forma, pero no puedo dejar de reservarme el derecho a decir lo que pienso en esta primera entrada de mi blog: la oralidad, habiendo sido el vehículo de transmisión de una poesía original y crítica, ha terminado por degenerar en una norma que empobrece las posibilidades del lenguaje literario; el abuso de la cotidianidad ha resultado en una poesía confesionalista, cursi y aburrida, que no solo gravita en torno a hechos intrascendentes, sino que encima va y se jacta de fagocitarlos. Seré explícito: la poesía de la llamada experiencia o, peor aún, de la nueva sentimentalidad, me parece a un año luz de los intereses de mi generación, es decir, me parece vieja y desgastada, insuficiente en todos los sentidos. Es sorprendente que la poesía del “grupo de los 50” (por llamar de alguna manera a Gil de Biedma, A. González, J. A. Valente y J. A. Goytisolo entre otros) me parezca de alguna manera mucho más actual que la de García Montero y sus acólitos; es aún más sorprendente que el manifiesto de “la otra sentimentalidad” se base en los escritos de Juan de Mairena, habiendo construido Machado una de las mejores obras líricas de la historia de nuestra lengua, cargada al mismo tiempo de valores estéticos y sociales.

      Tal vez lo más chocante sea observar el atraso de la poesía en la Península comparado con los avances que se siguen produciendo en el resto del mundo hispano, e incluso comparado con el de otros géneros dentro de la misma Península. Mientras en el panorama narrativo no peninsular se encuentra uno con Fernando Vallejo, Mario Bellatín o Mayra Santos Febres (por seleccionar casi al azar algunos nombres) y mientras en el teatro de la propia España siguen innovando Mayorga, Liddel o Belbel, entre otros muchos, la poesía sigue atrapada en los setenta. Por supuesto hay excepciones, aunque se trata de creadores aislados cuyas obras son tan dispares entre sí como las de Chantal Maillard, González-Iglesias y Manuel Vilas.

     Mientras todo esto sucede, Internet se ha convertido en la parada de los monstruos: un cementerio inmenso de textos no leídos en el que sobresale la incipiente calidad de algunos dentro la mediocridad reinante de la red. No voy a dar nombres concretos en este aspecto, pues la vastedad del campo es tal y hay tantos poetas trabajando en ella que cualquier breve selección sería por lo menos aleatoria, si no abiertamente injusta y parcial. Está en estos poetas, en los jóvenes (tengan o no tengan un blog), la responsabilidad de renovar un panorama tristemente desecado y dominado por autores que imponen un criterio antiguo, tanto en los jurados de muchos de los premios como en las grandes editoriales del país.